sábado, 1 de septiembre de 2012

Capítulo 24

Dos meses después...

Habían pasado apenas dos meses y todo había cambiado por completo, una vez más. Ka había conseguido con quién compartir los recreos aunque la jugada no la había salido exactamente como ella se imaginaba: Adrián ya no sólo la tenía a ella, ahora también estaba Helena. En los recreos se juntaban los tres en el banco del patio de los "mayores", y hablaban de sus cosas, aunque a decir verdad, los que hablaban de sus historias, frecuentemente eran Adrián y Helena, mientras Ka se quedaba mirando, uno y después a otro, sin escuchar atentamente aventuras que prefería no saber. Se había dado cuenta de que habían compartido muchos momentos juntos en todo el curso, era normal, pues iban juntos a todas las clases. Pero también se había dado cuenta de otra cosa: Helena parecía conocer todos los secretos de Adrián, cuando se miraban, había entre ellos una mirada de complicidad. Complicidad que Ka se había dado cuenta que no tenía con él, pues era verdad que entre ellos había crecido la confianza, habían dormido juntos, y se habían salvado de muchos líos, (especialmente él a ella), pero, ¿qué sabía Ka de Adrián? Nada. No sabía nada, y en ella había mar de dudas sobre él desde el día que le conoció, empezando por el gran misterio de su intento de suicidio. Ka no le había vuelto a preguntar sobre ello por respeto, y porque tampoco a ella le gustaba dar explicaciones sobre sus asuntos. Pero la curiosidad por conocerle aumentaba cada vez más cuándo Helena y Adrián hablaba de algo sobre lo que Ka no estaba enterada. Más de una vez había mantenido la esperanza en que Helena faltara algún día al instituto, pero aquella chica no parecía ponerse enferma nunca. 
Al principio la salvaba las tardes, en las que había propuesto a Adrián ir a estudiar juntos a la biblioteca central de la ciudad. Cierto era que se ponían a estudiar y sólo hablaban cinco minutos de descanso, pero el mero hecho de estar a su lado sin la otra, la hacía realmente feliz. Hasta que un día, Adrián se presentó con Helena, que por supuesto se sentó al lado de él y dejó marginada a Ka, hablando y explicando las asignaturas que Adrián no entendía y viceversa. A veces, Adrián le explicaba algo que Ka no entendía, o incluso a veces, fingía no entender, y gracias a ello Ka tenía unas notas insuperables aquel trimestre, pero no podía evitar estar como triste. También le salió mal la jugada del catorce de Febrero, cuando invitó a Adrián a comer a un restaurante italiano y Helena se acopló sin remedio. No es que Ka quisiera una cita con Adrián exactamente, pero era imposible quedarse a solas con él y disfrutar un poco de su compañía para ella sola.
Además, para el colmo, ya no tenía más amigos que él: Iván y los suyos sólo sabían mirarla mal y de Andrea no había vuelto a saber nada... No eran momento difíciles, pero tampoco especialmente buenos...

15 de Marzo de 2011:

Ka despertó con las mismas ganas de ir al instituto de siempre: ningunas. Apagó con desesperación el despertador y se levantó estirando brazos y piernas. Se dirigió al armario y se puso un chándal, aquel día tocaba educación física. Exactamente carrera a vueltas. Suspiró. No tenía el cuerpo para carreras. Presentía que aquel día iba a ser peor que el resto y no le gustaba cuando se levantaba de esa forma: se acostaba todavía peor. ¿Qué pasaría aquel día? 
Se dirigió al baño y tras haber desenredado su pelo, se lo recogió en una coleta bien alta, no sin dejarse el flequillo tapando la mitad de su frente. Se lavó la cara y salió del baño dispuesta a desayunar. Pero aquel día sucedió algo extraño. Normalmente su abuela se levantaba antes que ella y la preparaba el desayuno, así Ka no perdía tanto tiempo para irse al instituto. Pero en la mesa del comedor no había ningún vaso de leche, ni cereales o galletas. Miró en la cocina y tampoco había rastro de su abuela y el desayuno. "Es imposible que se haya ido tan pronto al hogar de los jubilados", pensó. Se dirigió a la habitación de su abuela y abrió con cuidado.
-¿Abuela?- la llamó en voz baja por si estaba dormida.
Desde dentro de la habitación obtuvo como respuesta un quejido. Ka se adentró y levantó un poco la persiana para ver mejor. Encontró a su abuela acurrucada en su cama, emitiendo quejidos de dolor.
-¡Abuela! ¿Qué te pasa?- se arrodilló Ka para verla mejor.
Tenía la cara pálida y estaba mucho más delgada que hacía dos meses, desde que se apuntó al hogar de los jubilados. 
-Ay, cielo...
-¿Te encuentras bien?
-Me duele mucho...
-¿El qué? ¿Quieres que te traiga alguna pastilla? ¿Quieres que me quede en casa?
-No... Tranquila... Serán gases. Se me pasará...
Ka suspiró. Gases no podían ser, ¿a quién pretendía engañar?
-Abuela, esto no puede seguir así...
-Iré a ponerte el desayuno, vas a llegar tarde...
Su abuela hizo el intento de levantarse pero Ka no la dejó.
-Estate descansando por lo menos. ¿Seguro que no me necesitas?
-No, estaré bien... Márchate ya.
Ka, rendida, salió de la habitación de su abuela. Cada día la encontraba más débil y apagada, como enferma, pero su abuela se lo negaba una y otra vez y lo peor no era eso: fuese lo que fuese que la estaba pasando, cada vez las distanciaba más. Su abuela apenas estaba en casa y cuando llegaba, estaba agotada y respondía con mal humor a las interrogaciones de Ka.
Cogió la mochila y salió de casa para ir al instituto: se le había quitado el hambre.

Horas más tarde...

Acababa de sonar el silbato que indicaba el principio de la carrera. Ka no se había enterado muy bien de cuántas vueltas tenía que dar a la pista antes de los veinticinco minutos que tenía que estar corriendo, pero daba igual, aquel día estaba cansada y correría a su ritmo. 
Por su lado acababan de pasar Iván y sus amigos, una de las cuales la había empujado con el hombro, disimuladamente, pero con fuerza. Ka suspiró. Jamás la iban a perdonar, pero por lo menos no la hacían la vida imposible todos los días. Empezó a correr un poco más deprisa y sacó del bolsillo de su chaqueta un MP3. Se puso los cascos y empezó a escuchar las canciones que su madre le había metido cuando se lo regaló. No había cambiado ni añadido ninguna porque su madre sabía perfectamente la música que le gustaba desde siempre, la música que le gustaba a la verdadera Ka y no la que había aparentado ser durante más de un año. Decidió que tenía que pensar en algo para que se hiciera más corto el tiempo. Pensó que dentro de tres días les daban las vacaciones del segundo trimestre. Eran cortas, diez días nada más, pero suficientes para tomar un respiro. Pensó que podía hacer en aquellos diez días. Le gustaba la idea de pasarlos con Adrián, de ir algún sitio, por ejemplo el cine. El parque de atracciones, la heladería que visitaron juntos... Pero cada vez que se imaginaba un lugar, había sitio para una tercera persona: Helena. Claro, Helena. Helena seguro que también se acoplaría a todos sus planes, seguro que también haría que Adrián la ignorase como todos aquellos días de dos meses muy largos. 
Ka empezó a pensar en todas aquellas veces en las que le hubiera gustado decirle a aquella chica "Oye, escúchame, yo conocí a Adrián primero, vete de aquí, sobras", y no lo hizo por respeto y por Adrián. Y sin darse cuenta se pasaron los veinticinco minutos y con ellos lo que quedaba de clase para dar comienzo al recreo. Ka tuvo suerte aquel día, pues la pista dónde habían corrido estaba en el patio de mayores y sólo tenía que escaquearse de su clase para no regresar al otro patio y esperar en el banco a Adrián... y a Helena. Y eso es lo que hizo. Tras cinco minutos de espera divisó a lo lejos a la pareja. Adrián le estaba contando algo a Helena que la hacía reírse como una loca. Había que admitir que la chica era algo guapa, pero parecía tan... ¿cerebrito? 
-Hola, Ka- saludaron a unisono.
"Vaya, ahora también están compenetrados hasta para hablar", se quejó Ka mentalmente.
-Hola.
Helena le dio un sándwich a Adrián y destapó el suyo. Comenzó a comérselo, igual que Adrián. Ka no solía traer nada para comer en el recreo, y menos aquel día con lo que había pasado por la mañana. Tenía ganas de contárselo a Adrián, de confesare sus miedos, pero siempre que estaba con él, estaba la otra.
Ka pilló a Helena mirándola fijamente y ésta quitó inmediatamente la mirada. Lo cierto es que a pesar de compartir recreos y tardes juntas, todavía no habían tenido una conversación. O Ka hablaba con Adrián o Helena con Adrián, nunca entre ellas. Y Adrián se daba cuenta, pero no sabía como resolver la situación. Además, la única que parecía molesta era Ka.
-Adri...
Ka puso los ojos en blanco. "¿¡Ahora le llama "Adri"!?".
-Dime- dijo Adrián sonriendo a Helena.
-Esta tarde no voy a poder salir, tengo que estudiar para el examen de matemáticas que tenemos mañana.
Ka escuchó con interés. Si Helena no salía esa tarde...
-Está bien, no te preocupes. ¿Necesitas ayuda con algo?
-No, gracias, está todo bien. Repaso en profundidad y listo.
Ka suspiró exasperada. Helena la miró pero fingió no haberse dado cuenta.
-Muy bien, espero que tengamos suerte mañana en el examen...
Y empezaron a hablar de nuevo entre ellos, olvidando la presencia de Ka. Ella tosía de vez en cuando intentando llamar la atención, pero ninguno de los dos parecía darse cuenta. Estaban absortos con su interesante conversación sobre teoremas de matemáticas. Por fin sonó la sirena que indicaba el final del recreo cuando Ka agarró del brazo a Adrián y miró a Helena para que se fuese. Así fue.
-¿Podemos hablar?- dijo Ka.
-Sí, claro. ¿Qué pasa, Ka?
-He pensando que podemos ir esta tarde a estudiar a la biblioteca, tu y yo, solos, -recalcó bien aquel "solos"- ya que yo también tengo un examen mañana. ¿Qué te parece?
-Claro que sí, ¿a qué hora quedamos?
-A las seis en la biblioteca, ¿vale?
-Genial. Me voy que llego tarde a inglés. ¡Hasta luego Ka!- se fue corriendo.
-Adiós, Adrián- susurró ella.

En otra ciudad...

Encendió su tercer cigarro desde que se había despertado, que no hacía tanto. Aquella mañana había decidido no salir. Se había levantado con el cuerpo un poco revuelto y no tenía muchos asuntos por resolver, se iba a tomar un día de descanso y placer, como solía llamarlos él. Inhaló profundamente el humo de aquel cigarro mientras pasaba en todo lo que había hecho aquellos dos meses: prácticamente nada. Desde que casi le pilló la policía con un asunto muy grave entre manos, no se había atrevido a mover "negocios" por su zona. Además, más de una noche había soñado con la voz de aquella chica desesperada, rodeada de policías, abandonada por él. Él la había metido en aquel lío. Semanas más tarde de que aquello sucediera, Carlos recibió noticias de Judith. La habían metido en un reformatorio, no sé había enterado muy bien de cuanto tiempo, pero la cosa pintaba realmente mal. Por lo visto Judith no había puesto resistencia, se había declarado totalmente culpable y no había dicho ni mú de Carlos y sus compradores, pues la policía no había dado señales de querer hablar con ellos. Lo sentía por ella, pero lo prefería así. 
Llamaron al timbre de la puerta. Se levantó del sofá y abrió con el cigarrillo todavía en la boca. Fuera había una chica con la cabeza baja, ligeramente sonrojada, esperando a que la invitase a pasar.
-Pasa, guapa.
-Gracias- su voz era dulce, casi de niña pequeña, aunque sólo era dos años más pequeña que él.
Cerró la puerta cuando aquella chica menudita entró. Tenía el pelo castaño, cortito, por los hombros. Vestía con un bonito vestido azul cielo y una fina chaqueta torera de color blanco, a conjunto con sus manoletinas. Era una chica muy pijita e inocente que había conocido en un botellón. Una prima suya la había arrastrado hasta allí y se encontraba sola y aterrada entre tanta gente borracha y fumada. Se acercó a ella, la echó un piropo y ella respondió con una tímida sonrisa. Esa misma noche consiguió un beso suyo. Intentaron llegar a más, pero la chica confesó ser virgen, y él, la prometió amor eterno y esperarla. Funcionaba con todas, y todas caían en su cama a las dos semanas. Por esa razón, Rebeca estaba allí aquella mañana.
-Hola, preciosa- la dijo, rodeándola con los brazos y depositando en sus labios un pequeño beso.
-Hola, príncipe- contestó ella, acalorada y roja.
Él la siguió besando y ella se apartó con cuidado. Se quitó la chaqueta y la dejó sobre el sofá.
-Estoy nerviosa- confesó encogiéndose, sonrojada.
Carlos sonrió. Era tan guapa... Mucho más que Judith. Y mucho más delicada. A decir verdad, le recordaba muchísimo a una chica del pasado. Esa chica a la que Carlos quiso tanto. Pero se terminó, y de una forma realmente bestial. La había cagado con ella. Pero daba igual, ahora Carlos tenía a todas las chicas que quisiera, chicas con las que no hacía falta cagarla para conseguir lo que quería.
-Tranquila, te lo haré despacio- dijo Carlos desabrochando los botones del vestido, acariciando su espalda y con una sonrisa picarona en la cara.

A las 18:00 horas, en la biblioteca central de la ciudad...

Ka se había sentado en una mesa antes de que llegara Adrián para coger sitio. En fechas como aquellas la biblioteca se llenaba de estudiantes desesperados por aprobar el trimestre con los últimos exámenes de recuperación. Había sacado el libro de matemáticas y unos cuantos folios limpios y lo había puesto en la mesa, junto al estuche. Había dejado la mochila en el suelo aposta para que cuando viniera Adrián tuviera el sitio de la derecha libre, y así sentarse a su lado. Comenzó a estudiar, o al menos a fingir que estudiaba. Deseaba con todas sus ganas que Adrián llegara y poder pasar un rato con él, a solas, por fin.
Y su deseo se cumplió a penas dos minutos después: Adrián había llegado. Ka alzó la vista para mirarle a los ojos y se topó con los ojos marrones de otra persona. 
-Hola, Ka- saludó ella con una sonrisa.
¿¡Qué hacía allí!?
-Helena...- dijo con rabia- Pensaba que hoy no podías salir...
-Al final le han dejado sus padres, como íbamos a estudiar a la biblioteca, he ido a su casa y no se han podido negar a mis súplicas- rió Adrián.
Se sentaron uno al lado del otro, enfrente de Ka.
-Menos mal que hemos cogido sitio, cada vez se está llenando más la biblioteca- comentó Helena.
Ka la miró furiosa. "Hola, señorita acoplada, el sitio lo he cogido yo hace ya más de diez minutos y era sólo para Adrián y yo, ¿entiendes? ¡Adrián y yo!".
-Si, es verdad. Vamos a ver... ¿Tenéis dudas con algún ejercicio?- comentó Adrián.
Ka iba a hablar, pero Helena fue más rápida:
-No entiendo nada de límites de funciones. Ayúdame, por favor...
-Está bien, saca el cuaderno. ¿Te acuerdas del concepto que nos dio el profes...?
Ka puso los ojos en blanco y dejó de escuchar sus explicaciones. No se lo podía creer. ¿Qué la pasaba a esa tía? Era realmente asquerosa... ¿Qué pretendía con Adrián? Se le veía de lejos que estaba loca por él... 
Intentó ponerse a estudiar pero era imposible concentrarse viendo como Helena sonreía a Adrián, y éste explicaba con gran implicación sus problemas de matemáticas. Se empezó a sentir sola, como otros tantos recreos y salidas en el instituto. Como otras tantas tardes en las que también habían estado en la biblioteca, los tres, o casi mejor dicho, los dos y ella, a parte. Intentó estudiar ecuaciones, pero después de media hora no consiguió enterarse de nada. Su mente estaba en otra parte, en los asientos de enfrente para ser más exactos. Adrián y Helena tampoco colaboraban mucho para que Ka pudiera concentrarse: no paraban de hablar sobre matemáticas, profesores y diversas cosas. Así que agotada de estar allí, decidió tomar un descanso. Se levantó sin decir nada y bajó las escaleras con mala cara, dispuesta a salir de la biblioteca y tomar el aire.
-¿A dónde va?- preguntó Adrián.
Helena sonrió.
-Creo que está enfadada.
-¿Enfadada? ¿Por qué?
-No sé, ves a preguntarla, os espero aquí.
Adrián se levantó preocupado y salió de la biblioteca. ¿Por qué estaría Ka enfadada? 
La encontró sentada en unas escaleras, con los codos apoyados en las rodillas y la cara enterrada en las manos. Adrián se sentó a su lado, más preocupado todavía:
-¿Estás llorando?
Ka levantó la cabeza y le miró.
-No. ¿Por qué tendría que estar llorando?- contestó seca.
Adrián tragó saliva. Estaba claro que estaba enfadada.
-¿Pasa algo, Ka? Te encuentro... extraña.- no sabía muy bien como decírselo.
Ka no sabía muy bien que contestar. Deseaba con todas sus fuerzas contarle que estaba cabreada, que deseaba matar a Helena y que el maldito examen de matemáticas iba a ser realmente difícil y no se sabía nada.
-No. Es sólo que no sé nada de matemáticas y estoy nerviosa...- mintió por él.
Adrián no terminó de tragárselo, pero lo interpretó como un "no me preguntes más", así que asintió y dijo:
-Si quieres yo puedo ayudarte. Dime que no entiendes y...
-Adrián, ¿te gusta Helena?
Aquella pregunta le pilló completamente por sorpresa. ¿Qué? ¿Que si le gustaba Helena? No entendía muy bien que tenía que ver aquello con matemáticas o cualquier otro problema de Ka. ¿Por qué pensaría aquello? ¿Daba impresión de que le gustase Helena? ¿Le gustaba Helena? 
Tartamudeó varias veces, todavía sin saber muy bien cómo contestar. Ka suspiró, puso los ojos en blanco. Entendió aquel momento de duda como una afirmación. ¿Acaso se sorprendía? No hacían otra cosa que estar juntos, apartados del mundo, de ella misma... Cuando empezó a asimilar que uno de sus mayores temores resultó ser verdad, decidió largarse de allí. Emitió un ruido extraño con la boca, parecido a un suspiro y una queja, claramente una señal de que aquella situación no le gustaba nada. Se giró hacia la entrada de la biblioteca y comenzó a caminar para coger sus cosas e irse. Adrián reaccionó y la cogió del brazo. 
-Ka...
Ella se giró, con la mirada entre dolida y cabreada.
-No me gusta Helena- dijo nada más.
Ka apartó la mirada. Era difícil que se lo creyera a estas alturas. Sin mucha brusquedad se deshizo de la mano de Adrián en su brazo y subió a la biblioteca. Recogió rápidamente las cosas mientras Helena la miraba interrogativa:
-¿Pasa algo, Ka?
Ella la miró duramente. Al final, negó con la cabeza.
-Tengo que irme.
Y sin dar más explicaciones volvió a bajar, dónde estaba todavía Adrián, de pie en las escaleras.
-Ka, por favor...- suplicó él.
-Me tengo que ir... - dijo ella sin detenerse, sin sequedad.
Fue un "me tengo que ir" sincero. De verdad sentía que ya no hacía nada allí, que tenía que salir huyendo o se iba a abrasar en medio de aquel infierno. Ka no estaba hecha para aquellas situaciones. No la gustaba sentirse así y pensaba que no tenía por qué. Y aún así...
Se marchó a casa deprisa, intentando no llorar no sabía muy bien por qué. O quizás si lo sabía, simplemente no quería admitirlo. Quería llegar pronto a casa, tumbarse en la cama y olvidarse de todo. Olvidarse de que había conocido a Adrián, de que había llegado a creer que le gustaba, hasta que llegó Helena y reemplazó claramente a Ka... Quería olvidarse de las peleas en las que se había metido con o por Adrián. Quería olvidarse de tantas noches borracha, salvada por él. Quería olvidarse del beso "olvidado". Olvidarse completamente de todo. Pero borrar siete meses con él no era tan fácil.
Por fin llegó a casa y abrió la puerta con llave. Para variar su abuela no había llegado todavía. Dejó las llaves en su sitio, la mochila en el suelo de su habitación y se tumbó en su cama, cerrando los ojos, evitando dejar caer las lágrimas.

Dos horas después...

No se había terminado de dormir del todo, simplemente había descansado un poco los ojos cuando había terminado de llorar, por lo que estaba lo suficientemente despierta para oír alguien aporrear la puerta. Ka se levantó nerviosa y asustada y se dirigió a la puerta. Alguien intentaba abrir y no lo conseguía. Miró por la mirilla y reconoció a su abuela. Abrió inmediatamente. Estaba con las llaves en las manos, temblando con brusquedad. No había conseguido meterlas en la cerradura y había empezado a dar golpes intentando abrirla. Estaba completamente fuera de si, llena de nervios.
-¡Abuela!- chilló Ka asustada.
La agarró por los hombros y la metió inmediatamente en casa. Estaba llorando. Le fallaron las piernas y se cayó al suelo.
-¡Abuela, ¿qué te pasa?!
Se agachó con ella y comenzó a acariciarle las mejillas en un intento de tranquilizarla. Y vomitó. Ka se apartó justo a tiempo. La intentó levantar y la acompañó hasta baño, dónde se arrodilló junto al váter, por si volvía a repetirse. Ka cortó un trozo de papel higiénico y la limpió la boca.
-¿Se puede saber que está pasando, abuela?- dijo ya cansada.
Su abuela emitió una arcada cuando intentó hablar, que acabó en un nuevo vómito. Cuando se tranquilizó un poco y paró de llorar, Ka la ayudó a levantarse y se lavó la cara. La llevó hasta su cama y la tumbó con cuidado. Se arrodilló como había tomado por costumbre aquellos días, en el suelo, apoyando los brazos en la cama. La enterró una de sus manos entre las suyas.
-Abuela...
-Lo siento mucho, niña.
Ka suspiró.
-¿Qué es lo que sientes? ¿Qué pasa, abuela?
Su abuela tardó un par de minutos en contestar, como hacía siempre. Obviamente Ka sabía que la iba a mentir.
-He bebido algo de alcohol y me ha debido de sentar mal- dijo sin embargo, arrepentida.
-¿Alcohol? ¿Desde cuándo bebes alcohol?
-Íbamos ganando al bingo y los hemos celebrado... - dijo su abuela avergonzada.
Ka enterró la cara en las manos, enfadada.
-¿Crees que tienes edad para beber alcohol hasta reventar?- empezó a levantar la voz.
-Ka...
-¡Es que es muy fuerte! ¡Eres mi abuela y la que tiene que cuidar de ti soy yo, porque te comportas como una niña!
-Ka, por favor...
-¿Tú te crees que puedes llegar a casa siempre vomitando? ¡Estoy preocupada, me tienes en un sin vivir!
-¡Y tú qué!- gritó de pronto su abuela.
Ka calló inmediatamente, asustada. Su abuela nunca la había gritado.
-¿Acaso hasta hace poco no venías tu a casa en el mismo estado? ¿Sabes cuántas noches he tenido que fregar suelos y cambiar sábanas, llorando, asustada, a punto de llamar a una ambulancia? ¡Un año entero de dolor y sufrimiento! ¡De esperarte hasta las tantas sin saber si te ha pasado algo, si te han...!
-No lo digas- cortó dolorida Ka.
Y no siguió hablando. Su abuela tenía razón. ¿Cuántas veces había llegado ella a casa al borde de un coma etílico? ¿Cuántas veces no había pensado en su abuela y había hecho lo que le había dado la gana? ¿Cuántas veces tuvo cabeza en todo aquel horrible año? Y entonces, se le vino algo a la cabeza:
-Yo tengo dieciséis años, abuela. Creo tú eres un poco más mayor para hacer estas cosas. En cualquier caso, voy a cuidar de ti, y por supuesto, no voy a permitir que salgas mañana a ese sitio que tan mal te está sentando.
-No, Ka, tengo que ir.
-No me discutas.
-Ka, debo ir.
-He dicho que no.
-¡Ka...!
-¿No quieres jugar a ser una niña? Pues yo seré la madre. Y he dicho que mañana no saldrás. Duérmete, te sentará bien.
No dejó hablar más a su abuela. Salió de su habitación y se dirigió a la cocina, a coger la fregona y limpiar el suelo dónde había vomitado su abuela. Suspiró. Y se puso a llorar.

5 comentarios:

  1. Tengo los pelos de punta. Las lágrimas por mis mejillas y mil dudas. Si fuera tú, nunca dejaría de escribir, enserio lo haces genial, que coño genial, te sale maravillosamente. Me encantaría leer un capítulo cada día, estoy más que picada y no creo que solo me guste a mi. Gracias por escribir en serio, anonadada me hallo por todas las historias de el capítulo. Sigue así. Un saludo:3 @ConDdeDreams

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  2. Aaaah! Ka creo que ha dejado claro a Adrián que le ayuda,¿y ahora se han cambiado los papeles entre Ka y la abuela? La verdad que es increíble como escribes y la originalidad de esta historia..
    Me encanta!

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  3. estás tardando en escribir el próximo!

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  4. Buenas preciosa, tengo que decirte algo, porque sino reviento: sin duda alguna, esta es la mejor novela que he leído en mi vida. Tiene de todo; acción, drama, amor, misterio, tristeza... En conclusión; es realmente increíble. Y me tienes completamente enganchada. Asique me muero de ganas por leer el siguiente capítulo. Si te digo la verdad, llevo mucho tiempo esperando a leer el siguiente, pero estoy segura de que la espera merecerá la pena. Ya solo me queda decirte que tienes un talento para escribir extraordinario. Un beso de tu impaciente lectora :).

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